No somos los que simplemente cargan ladrillos
Colombia está atravesando un momento histórico por cualquier lado que se le mire: ha venido recuperándose a paso lento, pero firme con una economía golpeada duramente por el coronavirus que lucha día a día por encaminarse en una aparente normalidad. Por otro lado, desde el pasado año 2019, también se ha visto como la inconformidad por distintas situaciones que ha generado el gobierno de turno – y los demás gobiernos que son la copia calcada – lo que ha generado un estallido social en el presente año, que muy pocas veces se ha visto en el país. Pero ¿Qué se logró con eso? Así por encima contesto la pregunta con varias afirmaciones claras, que, a simple vista, se nota: Se tumbó la reforma tributaria versión 2021, se implementó la gratuidad para las y los estudiantes de universidades publicas en el país.
Según distintas páginas y portales especializados en economía, afirman que el paro nacional tuvo un costo mayor a 6.2 billones de pesos; hubo desmanes por toda la ciudad, literalmente, el pueblo enfrentado con el pueblo. – policía versus comunidad indignada, en su mayoría jóvenes – otros portales también hablan sobre lo importante e histórico que fue el paro nacional que se inauguro con movilizaciones en muchas ciudades y municipios del país: “El pliego de peticiones de emergencia que presentó el Comité Nacional del Paro ante el Ejecutivo reunió reclamos de carácter coyuntural e histórico.” (…) “Por sus resultados, y al compararlo con otras protestas sociales en la historia, se revela la magnitud que ha tenido la movilización de 2021 en Colombia.” (…) “El Paro Cívico Nacional de 1977 fue la gran jornada de la segunda mitad del siglo XX, la primera fue sin duda el Bogotazo (1948). Este paro fue muy grande, pero duró dos días en Bogotá y un día en la mayor parte del territorio. Hubo 19 muertos en la capital y dos o tres en el resto del país, comparado con el paro actual fue bastante pacífico” dijo a la Agencia Anadolu Mauricio Archila Neira, profesor de la Universidad Nacional de Colombia e investigador del Centro de Investigación y Educación Popular (Cinep). (…) “En 2011 tuvimos a la Mesa Amplia Nacional Estudiantil (MANE) que logró derrotar un proyecto de ley del Gobierno de Juan Manuel Santos que pretendía modificar la regulación del sistema de educación pública. Ese fue un movimiento bastante exitoso, básicamente estudiantil, pero contó con mucho apoyo ciudadano. En 2013 hubo un paro agrario y comenzó a verse algo de lo que estamos viendo recientemente. Hubo bloqueos en algunas vías, aunque no de carácter permanente”. Sin lugar a duda, el paro nacional del 2021 fue grande. Solo por catalogarlo con un adjetivo con el cual me pueda dar a entender fácilmente.
Pero ¿A qué costo? ¿Cuál fue el costo real? Lastimosamente esas dos preguntas se contestan con lo mismo: Sangre.
Si, la sangre corrió por las calles de Colombia. Todo esto mostró la desconexión que existe entre quienes gobiernan y la ciudadanía. Gentes gritando en las calles para que no haya más corrupción, no roben, no maten, no más impuestos y la respuesta del gobierno fue represión, lo que trajo fue un conflicto interno que dejó heridos y, lo peor, muertos. La juventud colombiana tomó la rebeldía que hay dentro para alzar la voz y el resto de la ciudadanía, grandes líderes e incluso políticos, resaltaron la valentía que tuvo la juventud para levantarse.
Luego de la movilización siguió un actuar político – aunque no se quiera – de quienes participaron de esta. Proponer alternativas para solucionar lo que motivó salir a las calles. Da la casualidad de que para el próximo año hay elecciones a congreso y presidencia. Los grupos que, durante el paro, colocaron su voz y sangre para cambiar la realidad del país, han propuesto candidaturas para ocupar cargos en el senado y cámara con el fin de dar los debates sobre lo fundamental, lo vivido y lo real que no se percibe en las oficinas desde estamentos importantes, en donde, históricamente, han pisoteado al pueblo colombiano gobernando solo para los intereses de unos pocos y olvidando la gran mayoría que está en las calles luchando por no quedar atrás en la sociedad o porque una bala perdida no los mate. La meta de la mayoría de los grupos juveniles del país es ocupar cargos relevantes para poder conseguir un cambio real, no migajas. Sin embargo, se ha visto como las personas que alentaban a la juventud en general a salir y expresarse, proponer, debatir, argumentar, hoy en día, les están diciendo que no pueden tener espacio dentro de las discusiones políticas del país.

¿De qué sirve alentar a la juventud, mujeres, representantes estudiantiles, lideres y lideresas de territorios alejados de las grandes urbes, comunidad LGBTIQ+, a que se revelen por las injusticias, si cuando estos sectores proponen tomar las riendas del asunto político se les dice que no, que eso no es para ellos y solo les dan contentillos supremamente pequeños, irrelevantes y vacíos en esencia para idear soluciones? ¿De qué sirve un discurso supuestamente incluyente cuando por debajo de mesa se siguen haciendo las mismas practicas para dejar por fuera a estos sectores que históricamente son quienes han dado la batalla? ¿De qué inclusión es la hablan?
Recuerdo claramente cuando, en una mesa de participación en la gobernación del Atlántico, le dije al gobierno: “Que se tenga en cuenta la juventud. Que no sea solamente cada cuatro años que vuelvan a mirar hacia atrás y decir: ¡Ah ahí están los ‘pelaos’! ¡Estos sin son los verracos!” Agrego hoy: No somos los que simplemente cargan ladrillos, la juventud esta preparada para dirigir la construcción. Nadie está detrás ordenando qué decir o como actuar, es la misma juventud que ha deliberado, ha debatido, ha propuesto y está dispuesta a seguir en el camino luchando desde otro lado.
Queremos ser tenidos en cuenta realmente, no queremos más contentillos de nadie. Es la juventud que se ha levantado por su propia cuenta. La juventud no quiere ser más la carne que recibe las balas.
